Emily, en cambio, por las noches se estiraba en la cama, encendía el ordenador y buscaba hombres por los chats, hombres que encauzaran su apetito sexual. Al final, tras sacarles una cita para aquella misma noche en alguna de las plazas de la ciudad, apagaba el ordenador, recordaba las manos y los labios de Tom, tan húmedos y carnosos, y se dormía.
Pero yo, yo no soy Emily.
Yo soy John Malkovich.
martes, 16 de diciembre de 2008
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