Joseph Stample era un hombre inquieto. Durante los últimos cuatro años su incapacidad para relajarse le había llevado a viajar, a leer, a estudiar y a fornicar como nunca lo había hecho. De hecho, su inquietud empezó en el instante mismo en que Mary, su ex-mujer, le decía en el salón de casa que le dejaba, que no podía más y que quería volver a encontrarse a sí misma. En ese momento, y no antes o después, Joseph empezó a imaginar su vida y a buscar inquietudes.
Una tarde, mientras repasaba sus apuntes en un local nuevo que había descubierto por internet, conoció a Cathlyn. En el momento mismo en que la vio descubrió de nuevo las certezas de la vida.
Pero yo no soy Joseph Stample, yo soy Anna Frank.
Una tarde, mientras repasaba sus apuntes en un local nuevo que había descubierto por internet, conoció a Cathlyn. En el momento mismo en que la vio descubrió de nuevo las certezas de la vida.
Pero yo no soy Joseph Stample, yo soy Anna Frank.

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