domingo, 22 de marzo de 2009

Una vez amé a un hombre. Valentín se llamaba. Lo recuerdo muy bien; ojos azules, delgado como un meñique, pelo oscuro y revuelto y de tez blanca como la tiza. Era más joven que yo, pero no mucho más, un par de años y punto. Le gustaba venir a casa, poner mi disco de Gardel en el tocadiscos y sentarse a mirar mis últimas obras. Siempre lo hacía de cara al sol que entraba por la ventana, porque sabía que la luz en sus ojos me inquietaba. También ojeaba mis libros, todos los fui acumulando durante mis estudios y solíamos discutir sobre política.

Una vez besé a un hombre, y admito que me gustó. Empezaron a decir que salía con mujeres para no causar sospechas, menuda tontería, yo jamás habría repudiado el cuerpo desnudo de una mujer. Simplemente, Valentín, era como la firma de un cuadro, un pequeño punto sobre un gran lienzo, pero nadie lo entendía; estaba mal visto. Él tenía estilo, y además lo aguantaba todo, solo le importaba venir a casa y sentarse frente a la ventana, hablar, besarme y volver a desaparecer. Llegué a odiar que le miraran. Llegué a rezar para que volviera.

Y es que un día, mientras pintaba a Lucía y esperaba su llegada con champagne en la cubitera para celebrar la venta de la mañana, el hielo simplemente se deshizo lentamente, la luz proyectada en el suelo navegaba de nuevo hacia fuera y mis mejillas empezaron a brillar. No llegó; no volvió a hacerlo nunca más. Junto a su cuerpo, su ropa perfecta y desgarrada, sus preciosos ojos, sus delicadas manos, su inteligencia y su juventud, una nota explicaba el porqué de todo aquello. "Maricón".

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